jueves, 18 de abril de 2013

Flatland (Sam)



Un bache.

Un bache.

Cada casa es una lápida.

Un bache.

Los problemas no te hacen especial, solo más desgraciado.

Un bache.

Madre, yo quiero ser feliz.

Madre, yo quiero vivir las aventuras al inventarlas.

Madre, yo quiero que la vida no sea bache tras bache y cada casa una lápida y que las aventuras puedan vivirse de verdad al inventarlas.

Cada casa es un bache.

Cada día es una lápida.

Cada aventura es el espejismo en medio del desierto, la arena de los días es ceniza.

Madre, yo quiero que las aventuras me ayuden a dejar atrás los baches de ceniza al inventarlas y que el espejismo sea de verdad un oasis más allá de los días y las casas.

Madre, no quiero ser solo un bache.

No quiero ser ceniza.

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(Pues verán, supongo que aquello no era bueno para ninguno de los dos, pero es difícil ser siempre profesional  cuando necesitas a alguien que te ayude a curarte las heridas.)
 
Su pierna suave en la semioscuridad sé que me mira y la siento mirarme pensaríais que hay que ayudarse a uno mismo antes de intentar ayudar a los demás pero ella está aquí conmigo con todos sus diplomas y sus complejos y sus lágrimas aún por derramar y vuelve a casa y se siente tan sola que quizá por eso es capaz de entender hasta al más miserable de la tierra o eso piensa o cree que piensa o cree que cree que piensa.

Paciente de paciente.

Un espejismo, una fuente de ceniza.

Atlas.

Madre, por qué me condenaste a la eternidad de este desierto.

(Allí es donde lo encontraron.)       

Otra más otra más qué es lo que te hace diferente aparte de tu miseria y tu doble moral nada madre por qué me redujiste a esto por qué a una suave pierna de mujer en la semioscuridad por qué ya nunca podré volver a pensar y ni a inventar nada yo a veces lloraba pero no sabía cómo explicarlo.

(De pronto se levantó y me dijo que me largase, y le miré sin poder creérmelo. Tenía la cara contraída de rabia, como…como si me odiara.)

QUE TE VAYAS DE MI CASA

Fuerafuerafuerafuera

(Me levanté llevándome la sábana conmigo. Se tapó la cara con las manos, cruzando su lado de la habitación una y otra vez, histérico. Hizo añicos la lámpara de la mesilla de noche; creo que le sangraba la mano.)

ES QUE ESTÁS SORDA

Ya no puedo más no puedo más deja de mirarmedejademirarme, no ves que lo que tienes delante no es nada, yo ya no soy nadie.

(Nunca me habían apuntado con un arma. Les juro que pensé que iba a dispararme.)

Nadie.

(Allí es donde lo encontraron.)

martes, 5 de febrero de 2013

Recuerdos desde un lado del espejo.



Me acostumbré a todo.

A una cara roja por la sal de las lágrimas.
A que llorases hasta vomitar de rabia.
A sonrisas entre comprensivas y condescendientes, a veces amables de verdad, pero siempre incapaces de esconder bien la preocupación. También a las salas de espera con revistas de familias abrazadas vestidas de blanco y mujeres sonriendo, que por suerte y por desgracia no se parecen en nada a ti.

(Por suerte y por desgracia, soñabas más despierta que dormida.)

“Es antinatural que a alguien le guste el mal tiempo”, me decías cada otoño, empujando el paraguas contra el viento.
Bueno, ya no sé si hablabas solo del clima.

Hay veces en que el frío se te mete dentro y lo único que puedes hacer es intentar correr más rápido que él. También sé que puede ser contagioso, vaya si lo sé; todos buscamos el calor y no está bien repartido ni hay suficiente, por eso es tan fácil perderlo o quitárselo inconscientemente a los demás. Pero cómo se supone que lo ibas a evitar.

Y no importa: yo me acostumbré a todo.

A que estuvieras sin estar, como una conversación telefónica cara a cara.

A las yemas de tus dedos en las líneas de los mapas.

A las yemas de tus dedos en las líneas de mi piel.

A las yemas de tus dedos en las líneas de mi vida.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El espejo.


Cierro los ojos y el aire es  tan cálido que sonrío sin querer, primero con la boca cerrada, después enseñando todos los dientes hasta que me duele la cara. Me estiro en la toalla y me río, y mi risa es cálida como el aire y lo hace vibrar. Vuelvo a abrir los ojos y veo un cielo sin luna ni estrellas, pantalones cortos y rodillas manchadas de hierba. Un mechón de pelo, una mejilla pecosa. El aire me abraza, y por un momento me siento un poco menos sola.

*

Cierro los ojos y el aire es tan frío que me lagrimean los ojos mientras pienso en ti, y en mí sin ti, y en toda la tierra y el mar que nos separa. Me encojo dentro del abrigo y el viento me agrieta la piel y la luna llena brilla entre las nubes en un cielo sin estrellas. Puedo imaginarte tumbada en el campo, y tu sonrisa y tus rodillas manchadas de hierba y como escuchas las cigarras chirriando a tu alrededor y piensas en escribir sobre ellas y sobre tus amigos y sobre las voces que se pierden en el verano que no termina nunca. Y sé que no lo escribirás, y querrás escribir sobre el pánico a las páginas en blanco y seguirás sin hacerlo. Estos edificios son más viejos de lo que yo seré nunca y me da miedo que se me congelen las manos si las saco de los bolsillos y te echo de menos.

*

El aire es tan cálido que casi puedo tocarlo, montarme en él y atravesar el país, el mar, y después hacia el norte, hacia el páramo, las colinas, los castillos. Volver a oír tu voz, esa voz ronca que me recuerda a café, tabaco y una fiesta con amigos mientras fuera cae la nieve. Volver a oír tu voz. Volver a oír tu voz. En momentos como este dejaría el calor y el color del verano solo por volver a oír tu voz.

*

Es difícil encender un cigarro cuando el viento sopla como sopla esta noche. Me preocupo porque pienso que ya casi no me acuerdo de tu cara. Sí de tus ojos, sí de tu pelo, de tus labios. Pero cuando intento unirlo todo desapareces y no oigo más que el viento de esta noche y no veo nada más que las sombras en los callejones a la luz de las farolas.

*

Todo es como debe ser: infinito, llano, honesto, dorado y marrón. Las calles son como un tablero de ajedrez y solo dejas de verlas cuando se pierden en el horizonte. ¿Seguirás teniendo las manos tan ásperas?

*

Hay curvas, y hay cuestas, y hay rincones ocultos de un verde aún más oscuro. Hay niebla y lluvia, y hay árboles que forman túneles sobre los caminos. ¿Seguirás queriendo estar en otra parte, como has hecho toda la vida?

*

Ojalá pudieras ver la carretera. Es infinita y ardiente, como todo lo que hay aquí. Es infinita. Hay cactus y tierra roja y nos lanzamos con el coche hacia el atardecer, porque es el único destino posible, el mismo que se ha perseguido en esta tierra desde el principio. Y la carretera es infinita.

*

Eres todo lo que no soy.

*

Echarte de menos es echarme de menos.

lunes, 23 de julio de 2012

Flatland (Brian)


“I looked at the stars, and considered how awful it would be for a man to turn his face up to them as he froze to death, and see no help or pity in all the glittering multitude.” ― Charles Dickens



Al llegar a casa después del funeral se dejó caer a plomo en la cama, boca arriba. Intentó mover el brazo para desabrocharse la camisa, pero su cuerpo no respondía. Brian no se encuentra disponible. Por favor, deje su mensaje después de la señal. ¿Qué estaba…? Los recuerdos iban y venían atropelladamente, como el mar estrellándose contra las rocas una y otra vez.

* * *

El sol brillaba en lo alto, cayendo vertical sobre ellos y recalentando las bicicletas tiradas de cualquier manera al lado del río. Sam hacía rebotar piedras planas sobre el agua; Darla escarbaba con un palo en la tierra distraídamente; los demás pululaban aquí y allá.
Sam lanzó la última piedra con fuerza, no para hacerla saltar, sino para hundirla con un sonoro PLOP, y se giró frotándose la nuca enrojecida.
-Tíos, -nos miró como si le diese un poco vergüenza lo que iba a decir- ¿nunca habéis… pensado en qué pasará cuándo nos hagamos mayores?
-¿Cómo mayores? – farfulló Cris masticando un regaliz.
Sam se encogió de hombros.
-Pues mayores. Ya sabéis, cuando nos vayamos de aquí, de casa, a estudiar o lo que sea, y ya no haya más días como estos, ni más bici, ni bosque, ni parque, ni calle principal, ni más tomar el sol en el jardín de Rick. Cómo seremos, y eso… bueno, no sé.
Durante el breve silencio tenso y extraño que siguió  no todos parecían entender lo que Sam quería decir, pero Brian lo hizo, y se agarró las rodillas hasta que los nudillos se le quedaron blancos y una sensación muy desagradable le llenó el estómago.
Rory  soltó una carcajada.
-Venga ya. Ninguna de esas cosas se van a mover de aquí, ¿eh? Volvamos cuando volvamos, todo será igual que ahora. No te preocupes por tonterías.- giró la cabeza para mirar las bicis y sonrió mostrando todos los dientes- ¿Una carrera hasta el puente?
El viento les revolvía el pelo. El tiempo no pasaba nunca.

* * *

Se le abrió la boca inconscientemente para dejar escapar un sollozo, y luego otro y otro, aunque fue incapaz de emitir ningún sonido y eran casi convulsiones. Le dolía el pecho del esfuerzo, y las lágrimas le resbalaban por los laterales de los ojos.
Sam lo sabía. Que aquellos días aparentemente iguales e inacabables eran en realidad únicos e iban a desaparecer, igual que el bosque, el parque o la casa de Mike. Igual que ellos mismos.
El sol del atardecer se colaba por la ventana abierta, revelando el polvo que flotaba en el aire y se posaba poco a poco sobre los muebles. ¿Por qué siempre estaba atardeciendo? Ya no recordaba la última vez que se había levantado temprano y el sol brillaba en lo alto y el cielo era una enorme curva azul que se prolongaba hasta más allá de las montañas. Parecía que desde hacía años el día siempre agonizaba, y todo eran siluetas, luz anaranjada y una brisa triste hasta la noche, hasta que cantaban los grillos y el calor llenaba de ondulaciones los sueños (y las pesadillas).

 Cuando consiguió levantar una mano, despacio, la puso frente a su cara. Daba la sensación de que el sol la atravesaba, y habría jurado que casi podía ver a través de ella. De repente le dio la sensación de estar hecho totalmente de polvo, y empezar a deshacerse poco a poco en el aire, desde la punta del dedo corazón, dejar su traje vacío sobre la cama y atravesar la mosquitera de la ventana, hacia el exterior. Si me muero en primavera, quiero que el aire de mayo me lleve con él.

Un llanto extraño le salió del fondo de la garganta, provocándole una punzada de dolor. Pensó en Sam, y se dio cuenta de lo que nadie quiere darse cuenta: no volvería a verle reír, ni llorar, ni comentar la última película que había visto, ni ganar casi todas las carreras de bicicleta, ni intentar dormir siempre en casa de alguno de ellos para no tener que ver a su madre. Ojalá se hubiesen mantenido en contacto, ojalá le hubiese visto crecer, cambiar, conseguir el primer trabajo, ojalá le hubiese preguntado de vez en cuando, sin necesitar un motivo, qué tal estaba, qué leía, qué escuchaba, qué hacía y qué quería hacer en el mundo. Ojalá nunca le hubiese dicho adiós, ni a él ni a ninguno de los otros, porque las despedidas progresivas y sin palabras son las más tristes. Se sentía impotente al saber con certeza que nada iba a cambiar con los demás, que ya era demasiado tarde y lo único que tenían en común eran cada vez menos recuerdos.
Solía creer que quedarse ahí lo haría más auténtico, que ser fiel a aquella casa, a aquellas calles, le ayudaría a no perderse a sí mismo. Y se sentía responsable, porque todos los demás parecían haber olvidado que crecieron allí y se habían ido, atraídos por el espejo de la ciudad. Él se había aferrado a los suburbios para permanecer inmutable como ellos, sin darse cuenta de que aquellas calles estaban hechas para cambiar, de que unos se iban y otros llegaban, y derrumbaban, construían, transformaban, compraban, vendían. A veces, al anochecer, todo le resultaba desconocido, y se sentía solo y extraño, perdido en una extensión salvaje, eternamente cambiante, muerta.

Sus padres habían querido vender la casa al mudarse a Florida. "Ya es hora de que te vayas a la ciudad, es lo que hacen los jóvenes". Lo que hacen los jóvenes es mirar solo adelante hasta que por fin un día vuelven la vista hacia las cenizas de lo que han dejado tras ellos. Pero él había prometido cuidar la casa y a sí mismo, y ahora le parecía no haber cumplido ninguna de las dos cosas. La pintura amarilla se había ido desconchando poco a poco, igual que la valla blanca. Y el jardín, bueno… era su madre la que sabía de flores, así que lo único que quedaba de los parterres era un poco de tierra gris, y la hierba crecía irregular por todas partes.
También él se había ido deteriorando a su propio ritmo. Había perdido pelo, a pesar de ser joven, estaba más delgado y cada día más miope. Pero eso era lo de menos. Había terminado la carrera y  conseguido trabajo en una empresa situada a las afueras. La idea de no tener que conducir hasta el centro para trabajar le había atraído mucho; la ciudad de daba pánico. Cada día entraba en su cubículo, encendía el ordenador, hacía su tarea, tomaba un par de cafés, charlaba con sus compañeros sobre trivialidades y volvía a casa. Tenía que haber sido fácil, era lo que mejor se le daba. Y, sin embargo, si alguien le preguntase el nombre de alguno de sus compañeros o la descripción de sus caras, no habría sabido responder. Le asustaba dase cuenta de que no veía nada ni a nadie; ni siquiera habría podido decir de qué color era el pelo de su jefe, o su mesa, o el fondo de pantalla del ordenador. Cada vez le resultaba más fácil perder totalmente el contacto con el presente para acabar rodeado de sombras y ecos, y le sorprendía oírse a sí mismo dando respuestas coherentes. ¿Era esa su boca? ¿Era ese su cuerpo, su vida?

Se puso de pie con esfuerzo, quitándose las gafas para secarse las lágrimas, y sintió que tenía que arreglar el jardín en ese mismo momento. El rugido del cortacésped le impedía pensar en Sam. Le impedía pensar. Siguió hasta que se hizo de noche y la oscuridad le obligó a parar.
Apoyado en la valla buscó la luna con la mirada, pero no la encontró; solo había un montón de estrellas blancas, tan lejos de él, y tan lejos las unas de las otras. Volvió a pensar en el funeral, en la enorme distancia que los había separado a todos incluso entonces, a pesar de estar físicamente tan cerca.
No pudo volver a llorar, ni apartar la vista del cielo, ni recordar quién era, pero pensó que nadie debería sentirse tan solo.

lunes, 25 de junio de 2012

Flatland (Rory)


Vaya un rencuentro.
Es raro vestirse así, notar esta sensación en el estómago. Cuando consigo abrirme paso entre desconocidos bajo los escalones de piedra mientras el sol del mediodía me derrite los sesos y os veo ahí abajo, todos de traje, más o menos presentables, formando una especie de semicírculo sin saber muy bien qué deciros. Hace cuánto, ¿doce años? que no nos vemos, pero os reconozco a todos, y fijaos si cambian las cosas: de repente, soy el más joven.
Sam, que está exactamente igual pero con otro corte de pelo y barba de un par de días, mira mi camisa arrugada, y sé que puede oler a hamburguesa y aceite de freidora (me he duchado dos veces, pero no hay manera), y pone esa cara que pone siempre antes de una broma pesada, pero no abre la boca. Supongo que hay cosas que no se pueden decir en un entierro.

“¿Y bien? ¿Dónde os habíais metido todos estos años?”. Suena más como un reproche de lo que yo pretendía.
“Yo me mudé al centro, y allí sigo.”
“Seattle”
“San Francisco. Ahora trabajo en Silicon Valley...”
“Yo he estado en Europa, aquí y allá. Ahora mismo vivo en Londres.”
“¡Vaya! ¿Europa? ¿Qué se te ha perdido a ti en Europa?”
“Tus horizontes siguen tan amplios como siempre, Rory, felicidades.”
“Te aseguro que mis horizontes no tienen dinero para cruzar el charco, no todos somos-“
“¿Y tú, Sue?”, interrumpe Brian, pacificador.

Ella da una calada al cigarro. Tengo que decir que está muy guapa con el pelo corto y teñido de negro. Siempre ha sido muy guapa, aunque me gustaba más cuando sonreía. Y en fin, digamos que tras todos mis esfuerzos, resulta que su barco flotaba en otras aguas, si sabéis lo que quiero decir.

“Ahora vivo en la costa este. Nunca pensé que acabaría en Boston, con ese tiempo, con esas nubes. Supongo que le he acabado cogiendo el gusto a las estaciones.”

“Yo me quedé.” Brian parece casi avergonzado, y le dirige una mirada tristísima a Rick, que asiente. No hay que ser un genio para darse cuenta de que ellos dos no llevan tanto tiempo sin verse como los demás, ni de que Brian siente que le hemos abandonado con la carga de recordarnos a todos.

“Já, el último guardián de los suburbios”, bromea alguien.

Toda una carga, si lo piensas.

“No sé cómo aguantas” Sue lanza el cigarro al suelo y pisa la colilla para apagarla, con expresión de disgusto. “Era un sitio de mala muerte. Allí nada cambia nunca.”

“No, Susan” comienza él, con esfuerzo, sin mirarle a la cara. “Todo cambia. Y… es  muy dif-”

“Bueno, Richie, ¿y tú? Dime que lo conseguisteis, eh. No me defraudes.”
Rick deja de mirar a Brian y me sonríe, aunque parece costarle un esfuerzo enorme. Era el mayor de todos nosotros, el líder, algo así como mi modelo a seguir. Siempre soñando con el futuro, siempre con ese nosequé en la mirada al caer la tarde, como si us ojos dijesen “Richard está ausente. Por favor, vuelva en otro momento”. Necesito saber que al menos él ha hecho algo que merece la pena.

Asiente con timidez. “Lo tenemos. Si todo va bien, empezaremos a grabar en dos semanas”

Le felicitamos. Él aprieta con fuerza la mano de Darla y se miran como ya hacían antes, como si se leyesen la mente. Creo que por un momento me siento un poco celoso…no por Darla, sino por ellos, siempre tan unidos, siempre contándose con los ojos todo lo que a los demás nunca nos decían con palabras. Años después de marcharse, de que todos nos marchásemos, se volvieron a encontrar, y no se han separado desde entonces. No es que yo lo entienda del todo, la verdad, pero espero que sean muy felices y que Darla le ayude con esa tristeza que sé que no es por el funeral, esa que parece que se lo va a tragar un día de estos.

Nos quedamos callados. Doy patadas a una piedra en un silencio que no es exactamente incómodo pero que me hace sentir aún más lejos de ellos, aunque no dura mucho; la madre de Sam  viene hacia nosotros, llorando, sudando y resoplando.

“Por Dios, no, que no se acerque aquí.”
“Lo que me faltaba…yo paso de esto”

Sue y su hermano se miran con cara de circunstancias cuando la mujer llega con la cara congestionada, tintineando con todos sus colgantes y sus uñas rojas y un enorme pañuelo con el que se seca las lágrimas y el maquillaje que se le desparrama por la cara. ¿Cómo puede haber envejecido tanto? Es increíble.
 “Chicos, como me alegro, como me alegro de que estéis aquí después de todo este tiempo”.

Todos estamos demasiado incómodos como para responder. Nos mira, moviendo la cabeza de uno a otro como una especie de gallina. Y luego, como me temía, me agarra del brazo (me está clavando las uñas) y me lleva aparte, hasta la tumba de Sam, y solloza con más fuerza en su pañuelo. Quisiera estar en cualquier otro sitio.

 “Tú eras su mejor amigo… ya sabes, cuando vivíamos en las afueras. Era maravilloso. Un poco inconsciente, eso sí, pero era un niño maravilloso. Todos lo erais. Y vosotros dos, los más pequeñitos…vosotros os queríais tanto…Y él quería tanto a su mami.” Se sonó, armando un jaleo impresionante. “Te parecerá una tontería, Rory, pero a veces pienso que la culpa ha sido mía.”

Quiero reírme ahí mismo, en su cara, frente a la lápida de Sam, partirme de risa hasta que él me oiga y se ría conmigo desde lo más profundo de este mundo de mierda. Quiero soltarme del brazo de esta mujer y decirle lo que pienso, lo que todos pensamos. Pero no digo nada.

Hay cosas que no se pueden decir en un entierro. No puedes decirle a la madre de tu amigo muerto que es responsable de que su hijo de veintisiete años se pegase un tiro en la cabeza.

domingo, 17 de junio de 2012

Lo antiguo, lo triste, lo auténtico.


Eres lo único que tengo, y no te tengo. Eres como un mediodía gris de otoño justo después de llover, eres cada estrella de nieve en la nevada infinita a través de mi ventana; eres una vacía tarde de domingo. Pero también eres el despertar perezoso en vacaciones, el rayo de sol que hace cosquillas en la mejilla a través de la persiana, eres el crujido de la primavera a la salida del colegio; eres una dorada tarde de verano.

Eres todas mis tardes, y mis mañanas, eres mis noches cuando no puedo dormirlas. Eres un millón de mariposas; eres esperanza y decepción cuando eres ilusión y desesperanza. Eres de color esmeralda. Quizá en un punto las paredes fueron de papel y la distancia fue solo -y como siempre, y por desgracia- la que yo puse, la que probablemente volvería a poner y pondré siempre.
 Pero, metáforas aparte, cómo quisiera que las cosas volviesen a ser como antes, como un poquito antes y, aunque solo fuese eso, quedarme atrapada eternamente en el instante de tu mirada.